La cara es el espejo del alma y
la ventana al exterior de todas las emociones que pululan y saltan de
célula en célula desde el primer momento de vida.
Las
emociones, que son alteraciones del ánimo intensas o pasajeras,
agradables o tristes, acompañadas de cierta conmoción somática, no
pasan por el manto epidérmico sin dejar una profunda huella.
¿Cómo
influye en la dermis el paso de la tristeza, la alegría, la ira, el
miedo, el temor, el deseo o el amor? “La felicidad y el bienestar
muestran un rostro luminoso y bello, mientras que la tristeza y el
temor lo exhiben apagado y flácido, además de subrayar las líneas de
expresión”, explica Patryck Aguilar, experto en facioterapia.
“Afecta
de manera estética y patológica. Tras un periodo de estrés laboral, la
pérdida de un ser querido o una ruptura sentimental se propicia un
desajuste en la piel y surge el acné o la soriasis, mientras que, si se
disfruta de momentos de bienestar, dicha y felicidad, la piel desprende
una luz especial”, añade el especialista Aguilar.